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9 de enero de 2016

La Catalunya anómala

Andreu Marín
Foto: LaVeuPV

Foto: LaVeuPV

 

Durante el 9-N, asistimos al mayor golpe contra la democracia y el Estado de Derecho en nuestros 36 años de historia constitucional. El nacionalismo catalán, más pendiente de entablar un pulso con el Estado que de gobernar una comunidad en quiebra técnica y rescatada, siguió adelante con esa especie de consulta surgida de las vísceras de “Quico” Homs y el mismísimo Artur Mas.

La ley, cuyo máximo objetivo es evitar la extralimitación del poder político en sus actuaciones, fue quebrada con la omisión del Gobierno español, la Justicia y la Fiscalía.

El Estado prefirió ponerse de perfil y obviar las medidas que prevé el ordenamiento jurídico para retirar las ilícitas urnas de cartón y denunciar a los instigadores públicos de esta ilegalidad.

Asimismo, votando menores, inmigrantes, sin disponer de un censo y haciendo alarde de una propaganda y simbología en los colegios que sería ilegal en cualquier proceso con un mínimo de garantías, la participación apenas pudo llegar a un tercio de los catalanes convocados a esta pseudoconsulta. O lo que es lo mismo, el 70% de los catalanes pasa olímpicamente de la independencia.

Sin lugar a dudas, al nacionalismo catalán hay que reconocerle el mérito de saber jugar sus bazas ante un Gobierno central que ha ido dando bandazos en la materia durante su mandato. Son especialistas en manejar la propaganda política y el ruido mediático como algunas ideologías del siglo pasado, afortunadamente ya superadas. Pero, si algo se puede destacar de estos 2 últimos años es que el separatismo catalán ha tocado techo en sus movilizaciones en torno al millón y medio y/o 2 millones de adeptos de un total de 7 millones de catalanes.

 

PP y PSOE han abandonado a su suerte al electorado catalán

 

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Para entender la situación tan insólita que se vive en la región, basta con recurrir a la imagen del abrazo gestado entre un Artur Mas que se autodefine como socioliberal y un David Fernández cuyas ideas y proyecto coquetean con la izquierda abertzale.

Pero, ¿qué sucede con esos 4 millones de catalanes que han decidido obviar el mediático “procés” y quedarse en su casa? Unos catalanes perdidos, sin representación y engañados por un Gobierno español que ha desistido de sus funciones en Cataluña.

Una Cataluña silenciosa cuya máxima preocupación, como muestran las encuestas, pasan por el 20% de paro, la crisis, la corrupción y unos servicios públicos recortados a su mínima expresión.

El Partido Popular, con su inacción, ademán de un PSOE empeñado en encauzar en el proyecto nacional a aquellos que reniegan de la soberanía nacional, han abandonado a su suerte a un electorado que todavía se pregunta por qué un Gobierno con mayoría absoluta en las dos cámaras abdicó de su obligación de hacer cumplir la Constitución en Cataluña.

El futuro es tan incierto como desconcertante. Los nacionalistas, envalentonados tras haber metido este gol por la escuadra al Estado, no cesarán en su empeño de alcanzar la independencia, probablemente mediante elecciones anticipadas y una ulterior declaración unilateral. Ante esta amenaza, la argumentación jurídica, por impecable que sea, deberá ir acompañada de valentía a la hora de tomar decisiones y por volver a entablar la batalla de las ideas contra el nacionalismo. Tras años de ausencia, ya viene siendo hora que el Gobierno vuelva a estar presente en Cataluña de iure y de facto.

En una consulta que casualmente (o no) coincidía con la fecha de los 25 años de la caída del Muro de Berlín, los nacionalistas levantaron un muro no sólo con el resto de España y Europa sino entre los mismos catalanes.

Son muchas las discusiones que he mantenido por esta consulta y puedo asegurar que he escuchado en infinidad de ocasiones la expresión “vosotros no nos dejáis votar”. Una referencia a “vosotros”, como si los catalanes no nacionalistas, fuéramos unos extraños en nuestra tierra, ciudadanos de segunda división, no sometidos al principio de igualdad.

En definitiva, España no se rompe; es Cataluña la que ya está fracturada política y socialmente.

Andreu Marín es politólogo y jurista

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