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2 de marzo de 2016

¡Que viene el lobo!

Álvaro Gutiérrez

 

No creo que haya ninguna persona en este país que no haya escuchado alguna vez el cuento de Pedro y el Lobo, de inapelable moraleja. Por sea caso recordemos a grandes rasgos en qué consistía: Pedro era un joven pastor que gustaba de bromear, y en ocasiones bajaba corriendo de las laderas donde las ovejas pastaban hasta el pequeño pueblo donde vivía gritando: ¡que viene el lobo! ¡que viene el lobo!, y la gente corría a socorrer a las ovejas ladera arriba, para comprobar luego que era una mentira, que no había ningún lobo y que éstas pastaban tranquilamente. Una tarde mientras Pedro cuidaba de sus ovejas vino verdaderamente un lobo, y el chico corrió al pueblo en busca de ayuda. Pero claro, después de tantas ocasiones en las que había bromeado con este tema, la gente no le creyó y nadie lo ayudó, y  el lobo se dio un festín con las ovejas de Pedro.

Esta fábula viene a cuento de lo que ocurre en ocasiones con determinados medios de comunicación y su manera de tratar las noticias que conciernen a temas delicados en los que resulta complicado discernir la verdad y sus componentes. Más concretamente, me refiero aquí al tratamiento que los medios generalistas hacen de las noticias que vienen desde América Latina, hoy con Venezuela en el punto de mira, pero un punto de mira que ayer era Cuba y mañana será Ecuador, Bolivia, Nicaragua o cualquier país en el que las corrientes gubernamentales soplen contrarias a los vientos de occidente. Respondiendo a intereses económicos cuanto menos cuestionables (El Banco Santander, el Grupo Liberty o Soros Investments, son los dueños de diversos medios generalistas y a su vez tienen intereses contrarios a muchos de esos gobiernos de Sudamérica) asistimos generalmente a un bombardeo de malas noticias, de tragedias, dramas, índices de criminalidad aterradores, hambrunas, nefastas gestiones económicas y políticas, que le pueden hacer a uno pensar que América del Sur es lo más parecido a un infierno llameante.

 

Respondiendo a intereses económicos cuanto menos cuestionables, asistimos generalmente a un bombardeo de malas noticias que le hacen a uno pensar que América del Sur es lo más parecido a un infierno llameante

 

Luego, si se investiga más, nos damos cuenta de que algunos de estos países incluso lideran muchas cuestiones fundamentales para las sociedades, como la medicina o los bajos índices de mortalidad infantil, y que esas terroríficas políticas de sus gobiernos están sacando de la pobreza y del analfabetismo a millones y millones de personas que parecían no tener ningún futuro hasta su llegada al poder. A su vez, vemos como se resaltan cuestiones como censuras, represión o populismos, que bien podrían ser una clara descripción de lo que ocurre en nuestro propio país. No olvidemos las recientes condenas a ‘twitteros’ por críticas a la delegada del gobierno en Madrid, o por bromear con el atentado que le costó la vida a cierto presidente del consejo de ministros franquista, ni tampoco como asistimos a diario a populismos bastante mediocres, como tener que escuchar cada día a presidentes de gobierno y comunidades predicar sobre la transparencia, la lealtad y el esfuerzo por el ciudadano, o en el caso de algunos sobre la ansiada independencia para su pueblo, cuando en realidad se están dedicando a saquear las arcas públicas, a corromper las administraciones autonómicas y a coleccionar imputados y procesados en las filas de sus partidos. Eso sí, las manos a la cabeza nos las llevamos cuando Chávez olía a azufre o cuando Maduro ve a su predecesor en una suerte de caras de Bélmez en las obras del Metro.

Populismos de aquí y de allá, solo que los de allá parecen inadmisibles y burlescos, y los de aquí son fruto de situaciones con explicaciones muy plausibles siempre, y comprensibles por su contexto seguro también. Y por no hablar de la represión policial, sangrante en España, que viendo el trato que recibe de los medios de comunicación nacionales parece ser fruto de la coyuntura momentánea, de la respuesta a unos manifestantes violentos de quienes hay que defenderse como uno bien pueda, y en cambio la represión en aquellos países es directamente terrorismo de estado puro y duro. ¿Quién es el terrorista? Parece ser que todo lo malo que hagan policía o dirigentes de ambos países (por Venezuela y España en este caso) tiene una vara de medir completamente diferente; parece que ésas cosas tan indignantes solo ocurren en tierras lejanas, bajo gobiernos dictatoriales, en economías deprimidas y en sociedades violentas.

 

Los medios occidentales crean así una cortina de humo que hace imposible ver qué ocurre detrás, qué ocurre en la realidad

 

Usando todo este engrudo, se bombardea una y otra vez con el “mal, mal, mal, mal, mal”, con noticias que siempre destacan las partes negativas, en ocasiones burdamente manipuladas, y en otras sacando medias verdades que pueden ser discutidas así, solo a medias, y obviando marcos sociales claramente necesarios para la comprensión del conjunto. Crean así una cortina de humo que hace imposible ver qué ocurre detrás, qué ocurre en la realidad. Los contextos políticos y económicos no son tan diferentes como aparece en los medios occidentales, por muchas imágenes de terrorífica violencia que aparezcan diariamente.

Ni mucho menos este texto pretende ser una defensa de esos gobiernos que bien pueden hacer miles de cosas de manera nefasta, pero si la información que recibimos aquí es constantemente negativa, nunca podremos llegar a saber qué pasa realmente. Llega un punto que uno ya ni se cree las noticias que llegan, pese a que muchas seguro tienen veracidad contrastada, porque siempre van en ese sentido negativo y peyorativo. Y si siempre está todo mal, al final uno no sabe cuándo verdaderamente está mal y cuando no, y ni hace caso. Y eso les pasaba a las gentes del pueblo de Pedro, que tanto oyeron que venía el lobo, que cuando vino no le hicieron caso. Las noticias tienen que tener un enfoque neutral, siempre intentando contrastar las dos posturas que suele haber en éstos casos, y por supuesto dando la razón a quién verdaderamente la tenga, e informando con una vocación de servicio público y no económico. Pero llegando a este punto yo me pregunto ¿Quién es el lobo aquí?

Álvaro Gutiérrez es periodista

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