31 de enero de 2014

El sangriento camino hacia la paz en Sudán del Sur

Aleksandra Semeriak
Un hombre ondea la bandera de Sudán del Sur en Juda durante la celebración del primer aniversario de independencia / Est. Africanos - WordPress

Un hombre ondea la bandera de Sudán del Sur en Yuba durante la celebración del primer aniversario de independencia / Est. Africanos – WordPress

 

Desde su independencia en julio de 2011, Sudán del Sur ha sido víctima de constantes enfrentamientos internos. El más reciente, que ha tenido en alerta durante semanas al joven gobierno y a la comunidad internacional, ha sido resultado de una disputa entre el actual presidente y el exvicepresidente del país. Este desacuerdo dio pie a una sangrienta batalla que hasta hace un par de días seguía librándose en la ciudad de Bor, parcialmente ocupada por rebeldes. Pero para entender a qué se deben los conflictos internos y explicar quiénes son estos rebeldes y con qué objetivos han estado luchando, debemos retroceder en la historia de este país africano.

Tras dos décadas de disputas, la República de Sudán del Sur se separó oficialmente de su vecina, la República de Sudán, el 9 de julio de 2011, seis años después de haber logrado el acuerdo de paz entre el gobierno de Sudán y el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (ELPS). El 98,83% de los casi cuatro millones de ciudadanos del sur de Sudán que  participaron en el referéndum celebrado en enero de ese mismo año estaban a favor de la división del país y, por lo tanto, de formar un Estado independiente. Sin embargo, esta cesación de Sudán del Norte no significó una resolución de los conflictos internos, que hasta el día de hoy ya se han cobrado alrededor de dos millones de vidas inocentes.

 

El porqué de los enfrentamientos

Los motivos de los enfrentamientos entre el norte y el sur del territorio, que hasta hace poco se conocía por Sudán, son diversos. Tras la independencia de Sudán del Reino Unido en 1956, se inició la primera guerra civil que duró 17 años, seguida de un cese de 11 años y reanudada hasta la firma del acuerdo de paz en 2005. Entre las causas, la religión ha sido uno de los factores que ha jugado un papel clave en el desarrollo de los conflictos internos. Mientras que la mayoría de la población del norte es musulmana, el cristianismo prevalece en el sur, con una importante presencia de creencias animistas en ambas regiones.

A la religión hay que añadirle la lucha por la distribución de los ingresos por la riqueza de los recursos naturales, principalmente por la venta de petróleo. Sudán del Sur tiene una reserva petrolera de más de seis mil millones de barriles, equivaliendo tres cuartos los recursos del antiguo Estado de Sudán, pero las instalaciones para la extracción de petróleo, así como el oleoducto de exportación se encuentran en el norte. Y, a pesar de ello, esta tierra rica en recursos petroleros ha fallado a la hora de proveer a su población de los servicios más básicos, llegando a superar el 50% de ciudadanos que viven bajo el umbral de la pobreza. Sudán del Sur tiene el porcentaje más alto del mundo de mortalidad materna y tan solo el 27% de la población está alfabetizada, siendo la tasa de analfabetismo de un 60% para los hombres y de un 84% para las mujeres (CIA, 2009). Sumándose a todo esto, un incesante enfrentamiento de carácter étnico entre los dos grupos más numerosos – la tribu Dinka y el clan Nuer.

Volviendo a la actualidad, el conflicto se acentuó hace poco más de un mes, el 15 de diciembre de 2013, cuando el actual presidente de Sudán del Sur, Salva Kiir Mayardit, acusó al exvicepresidente, Riek Machar Teny Dhurgon, al que había destituido el pasado julio, de un intento de golpe de Estado. Aunque no existan pruebas de dicho intento fallido, Riek Machar fue declarado sospechoso por el presidente, que ordenó su arresto – una orden que la guardia presidencial desobedeció. Esto desencadenó la sublevación de varias unidades militares y el inicio de graves enfrentamientos en la capital, Yuba, propagándose rápidamente a siete de las diez provincias del Estado.

 

Los muertos en el conflicto se cuentan por decenas de miles, y los desaparecidos y desplazados por cientos de miles

 

Las Naciones Unidas (ONU) y su misión en Sudán del Sur (UNMISS) hablan de más de medio millón de desplazados y alrededor de 76 mil ciudadanos que han buscado refugio en las sedes de la UNMISS en las ciudades de Yuba, Bor, Pibor, Malakal y Bentiu. Asimismo, más de 100 mil personas han huido a países vecinos como Uganda, Etiopía, Kenia y Sudán desde que empezaron las atrocidades, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Y cabe destacar que no se trata solamente de ciudadanos sursudaneses – Sudán del Sur acogía a unos 230 mil refugiados de otros Estados. Y siguiendo con los datos alarmantes, la cifra de muertos ronda los 10 mil muertos, entre civiles y militares.

La comunidad internacional y de las potencias regionales, principalmente Etiopía, Kenia, Uganda, Somalia y Yibuti, que forman parte de la Autoridad Internacional para el Desarrollo (IGAD), llevaban días presionando las partes enfrentadas con el fin de celebrar un diálogo para iniciar un proceso de reconciliación nacional y establecer la paz. Finalmente, el pasado 2 de enero, ambas partes aceptaron celebrar un encuentro en la capital etíope, Addis Abeba, para poner fin al conflicto y no incrementar más el costo humano.

 

Mapa de la frontera entre Sudán y Sudán del Sur, señalando las zonas clave de obtención de petróleo / Gurtong

Mapa de la frontera entre Sudán y Sudán del Sur, señalando las zonas clave de obtención de petróleo / Gurtong

 

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, los enfrentamientos no cesaron hasta hace poco en la localidad de Bor, capital del estado de Jonglei. El “Ejército Blanco”, formado por cerca de 25 mil jóvenes armados pertenecientes al clan Nuer y simpatizantes del exvicepresidente Riek Machar, que a pocos días de su llegada a esta ciudad, intensificaron su ofensiva, ocupándola parcialmente. Según fuentes municipales, entre 1.200 y 1.400 civiles en Bor durante las últimas semanas de 2013. También los ciudadanos y los dirigentes municipales del Estado de Unidad fueron víctimas de importantes ofensivas durante este periodo, por lo que el presidente sursudanés se vio obligado a declarar el estado de emergencia en ambas regiones el primer día del año 2014.

 

Un acuerdo de paz frágil

El pasado 23 de enero, tras más de un mes de conflicto, el gobierno y los rebeldes llegaron a un acuerdo sobre el estatuto de los detenidos, que facilitará la liberación de los presos políticos, y firmaron el alto el fuego, que llama al cese inmediato de todas las operaciones militares y a la congelación de las fuerzas en su posición actual, con el fin de poner fin a los desplazamientos y a los ataques a la población civil, incluyendo las violaciones, al abuso sexual y a las torturas. El pacto también persigue abrir las rutas de suministro de la ayuda humanitaria para las personas desplazadas y necesitadas. Asimismo, el acuerdo pretende establecer también un grupo de 18 monitores desarmados que, supervisado por la IGAD y compuesto por representantes del gobierno y de los rebeldes y ciudadanos de los países vecinos, deberá asegurar el cumplimiento del pacto y su eficacia.

A pesar de la esperanza de la comunidad internacional y, sobre todo, de los propios ciudadanos de Sudán del Sur de que este pacto sea tan efectivo como duradero, durante los primeros días de vigencia, el acuerdo es aún muy frágil y supone solo una mínima parte de todo el trabajo que deberá llevarse a cabo para garantizar la estabilidad. Aunque los  orígenes étnicos de este conflicto son evidentes – Salva Kiir pertenece a la tribu Dinka, mientras que el exvicepresidente, Riek Mechar y la guardia presidencial son parte del clan Nuer -, el problema no puede reducirse a eso y debe considerarse más como una cuestión política. Ni los detenidos por el intento de golpe de Estado parecen ser de un grupo étnico en concreto, ni el Ejército Blanco parece haber actuado bajo las órdenes del exvicepresidente. Además, ambos líderes cuentan con aliados de distintas etnias. La lucha de poder interna viene alimentada por fracturas más profundas: graves deficiencias en las instituciones del país, mala gobernanza, mal uso de los fondos públicos, corrupción, parcialidad étnica y nepotismo. Por lo tanto, una estabilidad podría ser real solo en el caso de que, una vez siendo efectivo el alto el fuego y se liberen los presos políticos, las instituciones gubernamentales se reformen y reorganicen, se establezca un programa anticorrupción sólido y un sistema financiero transparente y se permita un dialogo democrático y un gobierno de coalición que sepa representar la opinión pública y a los grupos étnicos principales del país.

Sin afán de quitarle importancia al acuerdo de alto el fuego en Sudán del Sur, en este momento es más importante establecer unos instrumentos de seguimiento eficaces y continuar con el diálogo sobre las negociaciones de paz en Addis Abeba, previsto para el 7 de febrero. Coincidiendo con el vigésimo aniversario de la tragedia del Genocidio de Ruanda, sabemos que reestablecer la confianza conllevará años de duro trabajo. Y lamentablemente, solo nos queda esperar que se evalúen los crímenes cometidos y se identifiquen los responsables para llevarlos ante la justicia cuanto antes.

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