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27 de octubre de 2014

España busca un nuevo modelo de crecimiento

Javier Abellán
Hans Braxmeier

Hans Braxmeier

 

La crisis ha puesto de moda muchas palabras. Términos y expresiones poco frecuentes en las conversaciones de otro tiempo se han convertido en habituales. Ahí están la ya familiar prima de riesgo, el déficit, la austeridad y las preferentes. Puede que no tan célebre, también se ha hablado mucho del modelo de crecimiento español. La expresión hace referencia al aspecto cualitativo del crecimiento, a la forma en que una economía crece. Y es que, aunque los seres humanos llevan milenios produciendo cosas para luego disfrutar de ellas, cada colectivo, en cada etapa histórica, lo ha hecho de distinta forma y ha centrado sus esfuerzos en actividades diferentes.

Durante la primera década del siglo XXI, año tras año, los españoles produjeron cada vez más cosas. En 2008, cuando comienza el declive de la economía nacional, producían un 30 % más que a comienzos de siglo. Es decir, en ese año tuvieron a su disposición un 30 % más de bienes y servicios de los que pudieron disfrutar en el año 2000. El avance es notable. Sin embargo, dedicaron más esfuerzos a unas actividades que a otras. Se centraron muy especialmente en la construcción de inmuebles -en 2008 construían un 40 % más que en el 2000- y en la prestación de servicios de todo tipo. Al contrario de lo que cabría esperar, los servicios relacionados con el comercio, el transporte y la hostelería, aunque aumentaron, no lo hicieron de forma particularmente notable (22 %), a pesar de suponer una parte sustancial del volumen total de producción. Sí crecieron de forma muy importante un conjunto de servicios estrechamente relacionados con el boom de la construcción: las finanzas; en el año 2008 la oferta de servicios financieros era más del doble de la existente en el primer año del milenio. Construcción y servicios, entre estos algunos vinculados al ladrillo como los inmobiliarios y los financieros, fueron por tanto los pilares del modelo de crecimiento español de la década pasada.

 

Construcción y finanzas fueron los pilares del crecimiento español de la década pasada

 

Esta relativa preferencia de los españoles por la producción de bienes inmuebles y la prestación de servicios tiene su contrapartida en el rezago de otros sectores económicos. Uno, que quizá no suponga una gran sorpresa: el del sector primario. La producción agrícola, lejos de aumentar, disminuyó a lo largo de la década; en el año 2008 era un 5 % inferior a la del año 2000. Pero también se descuidó la producción industrial; aunque aumentó, lo hizo de forma relativamente modesta: en 2008 se producía solo un 10 % más que ocho años antes.

 

Cambio de paradigma

El modelo de comienzos de siglo, caracterizado por el empuje de la construcción y de los servicios y por un relativo desinterés por la industria, fue sostenible mientras se dieron en el contexto internacional dos condiciones. Por un lado, la existencia de una moneda única a nivel europeo, el euro, con un tipo de cambio fuerte. Por otro, la disponibilidad de crédito barato, propiciada tanto por la moneda única a nivel europeo como por las políticas monetarias laxas y la desregulación de la actividad financiera a nivel mundial.

 

El modelo de comienzos de siglo se basó en la fortaleza del euro como moneda y el fácil acceso al crédito extranjero

 

La fortaleza del euro en los mercados de divisas dio a los españoles la posibilidad de adquirir manufacturas en el mercado internacional a precios más bajos de los que podía ofrecer la industria local. La nueva moneda permitía importar productos industriales de baja calidad desde países en desarrollo a precios muy competitivos, al mismo tiempo que abarataba los productos industriales de alta calidad de países como Alemania debido a la baja inflación de estas economías en comparación con la española. La competitividad de España, en todos los espectros de gama, se vio mermada. Resultaba más barato comprar fuera que producir dentro, y así se hizo.

 

Gráfica sobre el crecimiento de la producción / Elaboración propia

 

El debilitamiento de la industria parecía no ser un problema mientras llegaba dinero a raudales desde el exterior, que permitía comprar productos industriales extranjeros e inflar sectores como el de la construcción a base de crédito. Fueron los propios productores de manufacturas, como Alemania, los que inundaron de dinero el sistema financiero español. Necesitaban colocar su exceso de ahorro en algún lugar donde obtener rentabilidad, y qué mejor que destinarlo allí donde se iba a utilizar para comprar sus propios productos. El negocio era redondo: no solo vendían a los españoles sus productos industriales, sino que les financiaban la compra, con el cobro de intereses correspondiente.

Así, todos ganaban. La industria española se debilitaba, pero a cambio cruzaban los Pirineos cantidades ingentes de dinero. Las potencias industriales extranjeras renunciaban al uso de parte de su ahorro, pero eso garantizaba la demanda de sus productos. Era un puzle en el que todo encajaba.

Sin embargo, cuando la abundancia de crédito desapareció, la pieza española dejó de ajustarse al rompecabezas internacional. El dinero dejó de llegar y la burbuja inmobiliaria, basada en el crédito, estalló. La construcción dejó de ser una alternativa al sector manufacturero, quedando al descubierto la cara amarga del modelo español: tras años de deterioro de la industria, el país carecía de una base productiva sólida y se apoyaba en exceso sobre el sector servicios. España no había sido más que un mercado para los productos extranjeros, abastecido desde el exterior y financiado desde el exterior. Es lo que algunos economistas denominan «latinoamericanización de la economía española».

 

España se encuentra ante tres posibles alternativas: la latinoamericanización, la chinización o la europeización

 

Ahora el país busca un modelo que encaje dentro del nuevo contexto económico mundial. Ciertamente, no lo tiene fácil. La superabundancia de crédito ha desaparecido, pero no lo ha hecho el factor causante de la pérdida de competitividad de la industria española: el euro y su fortaleza como moneda. En esta situación parecen distinguirse tres caminos a seguir, cada uno de ellos con defensores y detractores. El primero, dar por perdida la batalla industrial y confiar en el turismo extranjero como fuente de divisas con las que poder adquirir manufacturas foráneas. Para algunos, esto supone profundizar en el proceso de latinoamericanización que viene dándose desde comienzos de siglo. El segundo, abaratar los productos industriales nacionales reduciendo los salarios y lograr así ser más competitivos en el escenario internacional. Sus detractores califican este modelo de chinización, al tomar como referencia a la industria China basada en mano de obra barata. El tercer camino, apostar por la modernización y sofisticación de la industria, situándola en ramas de alto valor añadido. En definitiva, la europeización de la industria española.

Latinoamérica, China y Europa. Son los tres horizontes hacia los que puede dirigirse la economía española. Queda por ver cuál de ellos se acabará materializando.

 

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