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14 de noviembre de 2014

La socialdemocracia retrocede incluso en Escandinavia

Eduard Ribas
El hasta ahora primer ministro noruego, Stoltenberg

El hasta ahora primer ministro noruego, Stoltenberg

 

Desde el año 2008 la crisis económica ha engullido un sinfín de gobiernos socialdemócratas que, por entonces, cubrían Europa de puños y rosas. Pero la crisis de la socialdemocracia va mucho más allá de su incapacidad para dar respuesta a la recesión global. Y es que incluso en los países nórdicos, históricos bastiones del bienestar, donde aún gozan de algo de prosperidad económica, el color de sus gobiernos también se está tiñendo de azul marino.

El último caso, y el más paradigmático, lo hemos visto esta semana en Noruega. El Partido Laborista ha ganado todas las elecciones legislativas desde 1927 pero, aunque esta vez no ha sido una excepción, el primer ministro Stoltenberg no ocupará el poder en Oslo otros cuatro años. El partido de gobierno ha perdido nueve escaños y la aritmética parlamentaria es así de caprichosa. Pues con toda seguridad, la conservadora Erna Solberg (apodada la Angela Merkel noruega) formará un gobierno de coalición con el apoyo de la polémica ultraderecha xenófoba.

La economía no es el problema

Siguiendo la tendencia ocurrida en los otros países europeos, podríamos deducir que unos malos datos económicos habrían ocasionado el castigo a los laboristas. Pero resulta que la economía noruega tiene una salud envidiable. Haciendo un rápido repaso que no resulte tedioso, encontramos que el PIB per cápita noruego triplica el de la Eurozona, el Estado tiene superávit, la deuda soberana es mínima y el paro se sitúa por debajo del 4% según el registro del pasado mayo.

 

Podemos pensar que el castigo a los laboristas se debe a unos malos resultados económicos, pero la economía noruega tiene una salud envidiable

 

Estos brillantes resultados son fruto de una economía basada en la explotación petrolera. El descubrimiento de yacimientos de crudo en tierras noruegas a mediados del siglo pasado cambió por completo a un país, hasta entonces escaseado de materias primeras, y lo trasladó al liderazgo mundial en cuanto a índice de desarrollo humano se refiere. Semejante prosperidad ha llevado a Noruega a aislarse de la Unión Europea y a vivir de rentas.

Sin embargo, los noruegos son conscientes de su dependencia económica respeto a un bien con fecha de caducidad. Por lo que los votantes de izquierdas han castigado al gobierno laborista ante su incapacidad de encontrar una alternativa sólida a la economía petrolera. Y es que es aquí donde falla la socialdemocracia noruega. Según alerta el escritor Jan Kjaerstad en el periódico Aftenposten, los laboristas se han vendido al neoliberalismo y han hecho de Noruega una gran empresa petrolera.

Del partido de los trabajadores al partido de los bancos

Noruega SA  ha abandonado la solidaridad e igualdad característica de los Estados del bienestar nórdicos en favor de una libertad desregulada. La ambición por el crecimiento económico ilimitado lo baña todo, por lo que Kjaerstad denuncia la metamorfosis de los socialdemócratas pasando de ser el Arbeiderpartiet (literalmente, partido de los trabajadores)  a ser el Bankerpartiet (partido de los bancos). Analogía que retrata a la perfección cómo la socialdemocracia, noruega y europea, ha vendido su alma izquierdista. Algo que va más allá de si los países sufren dificultades económicas, pues la crisis de los partidos socialdemócratas se debe a un hecho estructural y no algo coyuntural que se arreglará con el tiempo.

Breivik no ha entrado en campaña

Los medios internacionales han tratado las elecciones noruegas en clave al doble atentado perpetrado por un maniaco en Oslo y la isla de Utøya hace dos veranos. El hecho que Anders Breivik hubiese militado en el Partido del Progreso que apoyará a la nueva premier es de un morbo incalculable. Así como argumentar que la derrota del gobierno laborista se debe a un informe que delató que los crímenes podrían haberse evitado. A todo esto, el periodista noruego Hans Petter Sjøli responde que Noruega no ha politizado el tema Breivik. “La mayoría cree que lo que hizo no fue un acto político” sentencia en La Vanguardia.

 

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