27 de diciembre de 2013

¿Por qué Alemania tiene tanto miedo a la inflación?

Por qué Alemania tiene tanto miedo a la inflación

Javier Abellán a partir de Alyssa L. Miller

 

Durante la década pasada, los bancos españoles tuvieron acceso casi ilimitado al dinero extranjero a precios muy bajos. Esto permitió a la economía disponer de la liquidez necesaria para inflar la burbuja de la construcción y mantener a la población ocupada. Sin embargo, cuando el crédito dejó de llegar, todo se vino abajo. Los españoles debían devolver lo que habían recibido en préstamo, pero no tenían con qué pagar. Mejor dicho, solo podían pagar a costa de reducir el gasto destinado a su propio consumo; o lo que es lo mismo, a costa de rebajar sustancialmente su nivel de vida. Para evitarlo, desde algunos círculos surgió la siguiente propuesta: que el crédito siga fluyendo, que el dinero llegue a familias, empresas y bancos, dilatando el proceso de desendeudamiento y logrando así un aterrizaje suave de la economía. Suena bien, ¿pero cómo conseguirlo? El plan básicamente consiste en convencer al Banco Central Europeo de que baje los tipos de interés, facilitando el crédito a los bancos privados, y de que preste dinero al Estado.

Sin duda, la idea de que el dinero corra alegremente por las calles resulta enormemente atractiva para todos nosotros. Pero, por desgracia, puede tener consecuencias no deseadas. Es de esperar que un aumento de la cantidad de dinero en circulación –esto es, en los bolsillos y cuentas corrientes de ciudadanos y empresas- lleve a las personas a consumir más; es decir, a aumentar su demanda. Si la demanda aumenta y la oferta responde, no tendría por qué haber ningún problema. Pero, ¿qué ocurriría si la producción no se incrementa, o no lo hace con la misma intensidad que la demanda? En este caso es razonable suponer que los precios tenderían a subir. Se generaría inflación.

Es a esta altura del discurso cuando se alza una mano germana y oímos: «Halt!». Los alemanes no quieren ni oír hablar de inflación. Consecuentemente, se niegan a aceptar que el Banco Central Europeo aumente la cantidad de dinero que circula por las economías del continente, por mucho que esto pueda ayudar a países como España a salir de la crisis.

 

El trauma

Se ha hablado mucho sobre la fobia alemana a la inflación y, casi de forma unánime, suele atribuirse este miedo a una experiencia traumática de la economía teutona de hace ya casi un siglo: el aumento vertiginoso de los precios que padecieron los alemanes tras la Primera Guerra Mundial. El país, obligado a abonar una ingente suma de dinero a los ganadores en concepto de reparaciones de guerra, se vio forzado a imprimir más y más moneda con la que poder hacer frente a los pagos. Ese incremento constante de la cantidad de dinero en circulación disparó la demanda y, dado que las empresas no eran capaces de aumentar la producción a tal ritmo, generó un aumento de los precios espectacular. Para muestra, un botón: en 1913 un kilo de pan costaba 0,29 marcos; diez años después, en noviembre de 1923, costaba 428.000 millones. Las fotografías de ciudadanos alemanes empapelando las paredes de sus casas con billetes, y de niños jugando a construir castillos con ellos, son bastante ilustrativas de la locura que vivió el país durante aquellos años, como lo es la anécdota mil veces contada de que resultaba más barato pagar un café al pedirlo que al terminar de beberlo; tal era el ritmo de crecimiento de los precios.

La experiencia alemana de entreguerras ha dado lugar a un pánico injustificado a la inflación

El diagnóstico de esta a la que podríamos denominar «escuela psicológica» es, pues, el siguiente: la traumática experiencia alemana de entreguerras ha dado lugar a un pánico, de magnitud en cierto modo injustificada, a la inflación, lo que explica la resistencia de Alemania a la posibilidad de que el BCE intente estimular la economía poniendo más dinero a disposición de consumidores, empresas y gobiernos.

 

El beneficio del banquero

Indudablemente, algo de verdad hay en la tesis del trauma. Pero existe otra razón, mucho más actual, mucho más racional, para que los alemanes se nieguen a aceptar un aumento de la inflación. Y es que Alemania es, hoy en día, un país acreedor.

Imagine que usted dispone de una cantidad de dinero que no desea gastar y decide prestársela a un amigo, comprometiéndose este a devolverle el dinero en el plazo de un año. Si durante esos doce meses aumentan los precios –es decir, hay inflación-, la capacidad adquisitiva de su dinero será menor en el momento de la devolución; con la misma cantidad de dinero podrá adquirir menos cosas. Usted habría perdido parte de su capacidad de compra al decidir no gastar su dinero en un primer momento y prestarlo. A grandes rasgos, esta es la misma lógica que afecta a los bancos de la locomotora europea. La economía alemana, durante muchos años, ha decidido no gastar parte de su dinero y prestarlo a bancos y empresas de otros países, entre ellos España. Alemania ha sido, y sigue siendo, un país netamente acreedor. Si los precios aumentan más de lo que previeron los bancos alemanes al realizar préstamos en el exterior, el valor del dinero devuelto será menor al que habían pronosticado. Los beneficios de los bancos alemanes serán inferiores a los esperados, agravando aún más su situación, ya de por sí preocupante, como la de todo el sistema bancario europeo.

La inflación afecta de forma particularmente negativa a los países acreedores, entre los que se encuentra Alemania

Alemania tiene, pues, al menos dos razones por las que temer un aumento de la inflación. Una histórica, emocional, quizá algo ilusoria, basada en una experiencia traumática pasada; otra rabiosamente actual, manifiesta, lógica desde el punto de vista del banquero que quiere recuperar lo invertido. El BCE debe decidir qué nivel de inflación está dispuesto a aceptar; pero, sea cual sea la decisión, tiene difícil conjugar los intereses acreedores alemanes con los intereses deudores de países como España. Muy difícil. Puede que imposible.

PII_Alemania_Espana

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